Open/Close Menu Asociación para la discapacidad en la abogacía madrileña

En España hay más de un millón de personas que no oyen. De estas, el 98% siguen usando el lenguaje oral para comunicarse. Es por ello, que desde asodam queremos haceros llegar este artículo tan interesante publicado en el periódico El Español el día 15 de abril de 2020. Pulsa aquí para ver el artículo original.

Si ha salido a la calle en este mes que llevamos de estado de alarma habrá notado que las pocas personas que hay en la calle, por lo general, llevan media cara tapada por una mascarilla. No podemos saber si esas personas sonríen o están serias, si van bien afeitadas o si les falta —ojalá no— algún diente. Sin embargo, eso no supone un impedimento para hablar con nadie, guardando siempre la distancia de seguridad necesaria. Pero eso cambia radicalmente para las personas sordas que leen los labios para entender a su interlocutor.

En España hay más de un millón de personas sordas, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), es decir, más de un 2% de la población. De estas, un 98% sigue usando la lengua oral para comunicarse. En los tiempos de las mascarillas, los sordos postlocutivos (aquellos que dejaron de oír en edad adulta) cuentan con la dificultad de no poder entender lo que se masculla bajo esa tela protectora. Marisa Jiménez (57 años) es una de esas personas.

“Perdí el oído totalmente en el 2010. Llevaba ya 10 años perdiéndolo. Empecé un camino muy largo de adaptación, porque la sordera es una discapacidad invisible. Sobre todo si conservas la voz y no la tienes rota y deformada, la gente tiende a minimizar mucho el problema que tenemos. Puedes ir a cualquier lado, sí, pero dentro de una campana, siempre en un aislamiento absoluto”, explica esta vecina de Aranjuez (Madrid).

Marisa habla con la fluidez propia de una persona oyente. Su voz tiene el tono y los matices de alguien que se oye hablar. Sin embargo, desde los 48 años no oye nada y las preguntas de esta entrevista las tiene que leer en los labios del periodista. Una mascarilla haría imposible la comunicación.

Lo que preocupa ahora a las personas sordas no es la situación actual, es lo que venga después. “Conozco a profesores universitarios sordos que temen la vuelta a las clases cuando todo el mundo lleve mascarilla”, relata. Otro ejemplo que pone es el de su mejor amiga, que es abogada y sorda. “Tiene miedo de que con las mascarillas no puedan captar bien los casos que les lleguen después. Como eso, hay mil historias. Los que tienen menos experiencia leyendo los labios temen perder sus trabajos. Imagínate lo que supone perder el trabajo con 40 o 50 años y con una discapacidad que no se ve. Ahora mismo hay mucho miedo en la comunidad sorda a la mascarilla”.

10 años sin oír nada

Marisa nació en Madrid —”soy gata, gata”— y es la mayor de cinco hermanos. Su vida laboral empezó a los 14 años y su último empleo fue en el sector bancario. A los 38 años, sus oídos empezaron a fallar. “Yo pude quedarme sorda por ototoxicidad medicamentosa. Hay un porcentaje de la población, entre un 10 y un 15%, que somos susceptibles a ser dañados por los medicamentos, sobre todo con los antibióticos”.

La respuesta a la sordera de Marisa puede estar en su pasado, pero no lo sabe con certeza. “Yo he tenido muchas infecciones de garganta y de intestino desde niña. Hasta la adolescencia tuve una salud muy delicada y me dieron bastantes antibióticos. Normalmente el daño se produce mucho antes, pero hay otras personas que aguantamos. Yo las primeras manifestaciones de sordera las tuve a los 38 y, a los 48, fuera”.

Perder el oído conlleva muchos más problemas que simplemente dejar de oír. Piense por un momento en su día a día e imagine que tiene que hacerlo sin poder oír nada. “La sordera conlleva un grado enorme de ansiedad y soledad. Las depresiones después de desarrollarla son profundísimas y duran mucho tiempo, más de tres o cinco años es muy normal. Se necesita terapia y medicación. Echamos mucho de menos que alguien te diga algo y poder entenderlo a la primera”.

Es por eso que Marisa hace un llamamiento en nombre de las personas sordas para mostrar empatía hacia aquellos que no oyen, recordemos, más de un millón de personas en nuestro país. “Hay que concienciar del uso de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, el capturador de voz de WhatsApp tiene dos opciones: con una, mandas notas de voz y con la otra, tú hablas y te transcribe lo que has dicho”.

Sin embargo, también advierte de un cambio a mejor en la sociedad. “Quiero decir, como dato positivo, que cuando yo me quedé sorda en 2010 era muchísimo peor el panorama a como está ahora. En 10 años ha cambiado una barbaridad. La gente oyente empieza a considerar a la sordera como una discapacidad seria. Ahora ya hay mucha gente que al saber que eres sordo se pone de frente y vocaliza bien al hablar. Incluso si te ven muy torpe, te lo escriben a mano”.

Tambores japoneses

—Yo a la gente en cuanto la conozco la pongo voces, porque el cerebro va a su aire.

—¿Cómo te suena mi voz?

—Tu voz se me hace un poco aflautada.

—¿Como la de Franco?

—¡No, no, por favor! No tanto (risas).

Marisa da la apariencia de ser una persona despreocupada y alegre. A los pocos minutos de conversación ya se le empiezan a escapar los primero tacos. Es muy expresiva y habla alto. También, de forma inconsciente, tiende a gesticular lo que dice con lengua de signos. La sabe usar, pero no la domina, según cuenta.

Esta conversación tiene lugar en la estación de Aranjuez que, como las de medio mundo, sus viajeros se pueden contar con las manos. Al pasar un autobús frente a esta conversación, guarda silencio para que sus palabras se escuchen en la grabadora que recoge todas sus declaraciones. “Los autobuses los siento, siento la vibración en el cuerpo”. Pese a su incapacidad, puede conducir, ya que los sordos tienen muy buena vista, según relata.

Lo que no puede hacer desde que perdió la audición es trabajar. “Conseguí la incapacidad total. Si tú trabajas de limpiadora no necesitas oír, pero yo estaba en una empresa que daba apoyo al departamento de Atención al Cliente del Banco de Santander. Todos los días cambiaban cosas: de los fondos de inversión, de los seguros, preguntas y respuestas… Entonces me costaba mucho poder seguirlo. Yo ahora soy pensionista, pero no jubilada”.

Tras quedarse sorda, pasó casi un año hasta que empezó el curso de logopedia que le enseñaría a leer los labios a la gente. Ese año sufrió una profunda depresión.

—¿Qué es lo que más echas de menos de oír?

—La música, sin duda. Yo era muy melómana. A mí el jazz, el rock sinfónico, el techno, la música clásica… una obertura de Grieg yo me la recreo en la cabeza y se me caen las lágrimas. La recuerdas, pero falta una dimensión. Lo único con lo que yo he tenido una experiencia casi, casi a oír música es con el taiko.

El taiko (significa literalmente “gran tambor” en japonés) es un instrumento de percusión de grandes dimensiones y originario de la música tradicional nipona. “A finales de 2018 me llevaron a ver un espectáculo de taiko en el Matadero y salí de ahí levitando”, relata. Desde ese momento, se puso en contacto con la actriz Mónica Vedia que, entre su holgado currículum artístico, también da clases de taiko. “Un tambor tiene muchas menos frecuencias que un instrumento melódico como una guitarra o un piano. Lo percibo como si me entrara en el cuerpo».

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